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Un punto. Punto de partida y punto de mira de mi trabajo: este punto, el que une la parte diurna de mi vida y la parte nocturna. Yo y tú, podría haber dicho Jung. “Yo” el individuo de cada día, con un cuerpo material, deseos e ideas. Y tú, arriba, este inconsciente que yo imagino por encima de mi cabeza, que vives quizás también una vida con sus obligaciones en su universo. Ya hace años que “yo” escruto con atención esta otra parte. Aparece furtiva en mis sueños, testigos de la existencia de otra dimensión con leyes diferentes de aquellas que rigen nuestro cotidiano. Me habla con medias palabras, murmura sus intuiciones, me encamina por sus atajos mentales o me guía con sus asociaciones de ideas. Luego, ¿quién eres tú? Si hay un piloto en el avión, ¿por qué es tan discreto? Y tú, que estás leyendo, ¿ya te has preguntado de dónde venía este o aquel pensamiento que aparece de repente? Mi postulado es una creencia: creo que “yo” sólo soy parte. Estas brechas de conciencia entre nosotros y nuestro discreto aliado es el “puente” que une las dos orillas, el punto que une las partes y hace el todo: es el punto que me intriga y me inspira. En 2004, diseñé la exposición “Les Fers en l’Air”, con sus textos y poemas, para mostrar la importancia de este diálogo entre nuestras dos mitades en mi trabajo de escultura. En aquél momento me decanté por el contraste entre lo ligero y lo pesado, es decir, entre la materia (el hierro) y su aliado (el aire). Ahora, empiezo una nueva serie en la que deseo insistir especialmente en lo que une nuestras dos mitades. Por ello elegí poner dos piezas de metal ante un nuevo ejercicio: ¿cómo conseguir que 1+1=1? ¿Cómo unir dos entidades distintas y hacer de ellas un solo ser? Trabajando el punto que las une. Es una nueva búsqueda de equilibrio. Un punto, lo hace todo. Un punto, eso es todo… Barcelona,
diciembre 2004 |