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Stéphane
Guiran es un poeta herrero que hace sus vocalizaciones en el espacio.
Su actitud es sincera como cualquier actitud realmente artística.
Su pensamiento, ingenuo, un poco místico. Místico como el
de un Mondrian, o de un Brancusi para el que la materia debe transformarse
en milagro. Su arte es del orden de lo íntimo. Su mundo está
hecho de palabras que designan las cosas haciéndolas acceder de
esta forma a realidades secretas, y luego de materia bruta transfigurada
en forma abstracta. Stéphane Guiran trabaja el hierro. Lo recorta,
lo rebaja, hace bandas. Sus esculturas parecen cintas lanzadas al aire
por jóvenes gimnastas. Parecen sedosas y ligeras. No tienen ni
tiempo de tocar la base que ya son de nuevo libres dentro su equilibrio
y su movimiento. Están trabajadas hasta el mínimo detalle,
efecto de un cierto toque que podemos llamar sensual. Vemos la cinceladura,
los relieves, o sea la intensidad convulsiva del metal, y sus mechas doradas
también, el resultado agradable de la pátina. Sus dimensiones
son aun bastante pequeñas, pero se presiente su grandeza. |
